Cultivar la tierra va mucho más allá del suelo y las cosechas, como estudiantes de la Maestría en Agroecología, entendemos que cultivar también es cuidar, tejer relaciones y reconocer que cada semilla encierra una posibilidad de transformación.
Hemos descubierto que aprender no es únicamente escuchar, leer o debatir. Aprender también es vivir, encarnar en la experiencia cotidiana aquello que proclamamos en nuestras aulas y proyectos: la regeneración de la vida, la construcción de vínculos justos con la tierra y con quienes la habitan y cultivan, la búsqueda de coherencia entre pensamiento y acción.
Otras formas de consumo
Gracias a cada encuentro presencial -nuestros espacios de comunidad, conexión e inspiración- percibimos que la experiencia de aprender también se cultiva en lo cotidiano, en los actos que reflejan coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Desde esta convicción surge el deseo de abrir un nuevo sendero que acompañe nuestro proceso formativo: la reconexión con el alimento como práctica viva y coherente de regeneración.
Del encuentro con proyectos y productores que cultivan el cambio desde la tierra: respetando la biología del suelo, honrando los ciclos naturales y cuidando el agua como un bien común, surgen las canastas biodiversas, una iniciativa que busca enlazar nuestro aprendizaje con la acción concreta: fomentar el consumo consciente, fortalecer la producción agroecológica local y seguir tejiendo comunidades más justas y resilientes.
Hortalizas agroecológicas
Fotografía tomada por Andrea Uribe
Cada Canasta Biodiversa contiene aproximadamente 3.5 kg de alimentos frescos, diversos y libres de agroquímicos, provenientes de sistemas agroecológicos de distintas regiones de México. Cada entrega celebra la temporalidad de los alimentos, invitándonos a reconectar con los ciclos naturales de la tierra y a adaptar nuestra alimentación a lo que el territorio ofrece en cada estación.
Además de los productos de temporada incluidos en la canasta, se pueden adquirir de manera opcional productos transformados, como lácteos, pan, fermentos, especias y otros alimentos elaborados por productores comprometidos con la regeneración.
Conoce a los Productores
Nuevos caminos a través de los alimentos
La visión no es solo un cambio logístico: es una invitación a reconocernos parte de un tejido vivo, a fortalecer la economía de la región, a honrar el trabajo campesino y a experimentar en nuestro propio cuerpo la regeneración que enseñamos.
Comer puede ser también un acto pedagógico, una celebración de la vida y una declaración de principios.
Estudiantes armando canastas biodiversas
Fotografias tomadas por Andrea Uribe
Sentimos que el propósito que nos une no son conceptos abstractos e ideas que se quedan en los libros: se cultivan en la tierra, se cosechan con las manos y se comparten alrededor de la mesa.
Anhelamos que esta experiencia inspire a seguir tejiendo iniciativas similares en otros territorios, donde la agroecología florezca como camino común y la alimentación vuelva a ser un acto de cuidado, de reciprocidad y de regeneración.
Cada canasta, cada mesa y cada comunidad que se une en torno a la tierra, nos acerca un paso más al cambio profundo que nuestros sistemas alimentarios necesitan.
Que cada alimento compartido y servido sea una semilla de conciencia, una práctica de coherencia y un compromiso con el futuro que queremos juntos cultivar.
Kamalli visualiza el turismo como el eje central que une sus otras dos áreas esenciales: la gestión ambiental y la enseñanza. Si bien promueve proyectos enfocados solo en la preservación o el aprendizaje, no todos buscan integrarse al sector turístico.
Su primer campo de acción ha sido San Francisco Oxtotilpan, en el Estado de México, donde ha empezado a revitalizar el Parque Ecoturístico Be Maatawi y a instruir a los habitantes en la lucha contra los incendios. El objetivo es cuidar el entorno natural y transformarlo en una fuente de ganancias duraderas. La idea clave es que este esquema se duplique en otras aldeas que deseen afianzar su vínculo con la naturaleza mediante el turismo consciente.
Además, Kamalli promueve alianzas con proyectos comunitarios para diversificar la oferta turística. Estas colaboraciones no solo fortalecen a las comunidades, sino que también buscan recuperar el valor del medio ambiente y fomentar una economía más justa y solidaria.
Problema socioambiental
San Francisco Oxtotilpan, localizado en una zona boscosa al pie del imponente Xinantécatl (Nevado de Toluca), es actualmente el último refugio del matlatzinca en el Estado de México. Este sitio, lleno de vida y rodeado de Áreas Naturales Protegidas, está compuesto por 2,170 hectáreas, de las que el 98% corresponde a los bosques de Oyamel y Pino.
Sin embargo, a pesar de su riqueza en recursos naturales, esta región enfrenta diversas amenazas: la explotación forestal ilegal ha aumentado un 20% cada año en el estado, provocando tensiones sociales, mientras que los incendios forestales se han incrementado, principalmente en Temascaltepec, el municipio al cual pertenece esta comunidad. Estos problemas no solo impactan al bosque y a las especies que lo habitan, sino que también disminuyen el interés turístico y el valor ecológico de la región.
Durante siglos, los bosques han sido vitales para el pueblo matlatzinca, no solo como fuente de recursos, sino también como elemento de su identidad cultural. En la actualidad, la carencia de alternativas económicas sostenibles pone en peligro tanto su ecosistema como sus costumbres tradicionales.
En el año 2013, se construyeron cabañas y restaurantes como parte de un proyecto ecoturístico que abarca actividades como senderismo, ciclismo y escalada. No obstante, estos esfuerzos no han logrado generar los ingresos que se esperaban, lo que ha llevado al líder comunal a contemplar una reestructuración.
A. Objetivos Específicos
Lograr 500 turistas al año en el Parque Bee Maatawi para fines de 2025.
Recaudar al menos $150,000 MXN para la comunidad por medio del ecoturismo.
Capacitar al 80% de la brigada forestal en técnicas de prevención y combate de incendios antes de julio de 2025.
B. Objetivos de Impacto
Aumento de visitantes en el Parque Bee Maatawi.
Generación de ingresos para la comunidad.
Capacitación de la brigada forestal.
Entrega de herramientas adecuadas para el combate de incendios.
C. Teoría de Cambio
Teoría de Cambio Raíces Vivas. Elaboración propia, 2024
La idea que originó este cambio, se basó enlos principios de la economía social y solidaria (ESS) y utiliza el método para involucrar a la comunidad en la investigación (ISP). Este método tiene como objetivo equilibrar tres objetivos importantes: proteger el medio ambiente, crear ganancias a largo plazo y preservar el patrimonio cultural de la comunidad, todo lo cual se logra a través del trabajo en equipo y guiado por los líderes locales.
El diseño de esta teoría se creó junto con la comunidad, utilizando áreas de discusión donde los actores clave estaban involucrados. Debido a estas reuniones, quedó claro cuáles eran las necesidades reales, y comenzamos a considerar soluciones prácticas que se ajustaran a la situación local. La entrada de varios grupos fue crucial en el desarrollo del proyecto:
Los ejidatarios y la brigada forestal indicaron que requieren herramientas adecuadas y capacitación actualizada para poder enfrentar los incendios. Ellos saben bien lo que implica cuidar el bosque, y por eso se decidió que una de las prioridades sea reforzar sus capacidades.
El comité de turismo habló de su deseo de recibir visitantes, pero no de cualquier manera: quieren un turismo responsable, que no venga a imponer ni a destruir, como ha pasado en otros lugares.
El Jefe Supremo enfatizó la importancia de compartir la cultura Matlatzinca garantizando que sus valores centrales permanezcan intactos. Esta idea nos animó a considerar las experiencias turísticas que honran y aprecian su propia singularidad.
Con estas bases, se definieron cinco líneas estratégicas que se complementan entre sí:
El entrenamiento y el equipo para la brigada → menos incendios y menos registro
Proporcionar recursos esenciales a los cuidadores de bosques no es un costo, sino una inversión en el futuro de la tierra En áreas como Petén, Guatemala, las personas bien organizadas e informadas han preservado con éxito sus bosques durante muchos años
Cuidar el bosque → atraer ecoturismo
Si el medio ambiente se mantiene saludable, hay más razones para que el turismo aprecie la naturaleza. En lugares como la encrucijada en Chiapas, es posible cuidar la naturaleza y al mismo tiempo ganar dinero para la gente local.
Turismo con identidad → Dinero y cultura viva
Involucrar tradiciones y modos de vida en la oferta turística no solo es un generador de ingresos, sino que también es un medio para que la juventud se reconecte con su esencia y cultura. En este sentido, Zinacantán y sus talleres textiles son un gran ejemplo.
Ingresos del turismo → Menos presión sobre el bosque
Cuando hay otras formas de ganarse la vida, ya no se necesita tanto cortar árboles o explotar el territorio. En Senderos Xicotepec han visto cómo el turismo puede ser una fuente de ingresos que no pone en riesgo lo que hay.
Volver a las raíces → Más compromiso a largo plazo
Al integrar lo ambiental y lo cultural en cada etapa del proyecto, esto permite construir una identidad colectiva que trasciende lo particular. En San Juan Chamula, este tipo de conexión ha sido fundamental para el sostenimiento de los proyectos durante varios años.
Conclusión
Más que una estrategia de desarrollo sostenible, este proyecto representa un proceso vivo de diálogo, reconocimiento y acción colectiva, construido desde y con la comunidad de San Francisco Oxtotilpan. La Teoría de Cambio aquí planteada evidencia que cuando las decisiones se arraigan en el territorio y se nutren de las voces locales, las soluciones no solo adquieren mayor pertinencia, sino también una dimensión ética más sólida.
Kamalli propone una mirada integradora del turismo: no como fin, sino como medio para articular el cuidado del bosque, la generación de ingresos sostenibles y el fortalecimiento del tejido comunitario. Desde esta perspectiva, la vivencia matlatzinca se posiciona no solo como un legado cultural digno de preservarse, sino como una fuente de saberes con capacidad de orientar otras formas de habitar y relacionarse con la naturaleza.
Este proyecto trasciende los indicadores cuantificables para proponer un modelo de desarrollo alternativo, con raíces profundas en lo local, en lo ancestral y en los vínculos comunitarios. San Francisco Oxtotilpan se convierte así en un ejemplo de regeneración territorial con identidad, donde el progreso no se mide únicamente en cifras, sino en la capacidad de cuidar la vida —en todas sus formas— sin renunciar a su esencia.
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de los autores y pueden no coincidir con las de la Universidad del Medio Ambiente.
Una de mis clases favoritas en la UMA es la de Problemas Socioambientales con Delfín Montañana. Y no solo porque Delfín es un docente increíble que conecta con el estudiantado al dejar conocimientos y reflexiones en cada clase o investigación que propone, también lo es porque me permite profundizar en la comprensión científica del medio ambiente, entendiéndome como parte de este, así como los potenciales de la política pública y la legislación en la resolución de problemas.
Para quienes trabajamos en el sector legal ambiental -y supongo que para todos los sectores- el aprendizaje constante es fundamental, entendiendo como aprendizaje el proceso a partir del cual se desarrolla la comprensión profunda y la capacidad de resolver problemas, así como la adaptabilidad al entorno cambiante. No se trata solo de aplicar marcos normativos, sino de conocer a profundidad cómo funcionan los ecosistemas, cómo se originan las problemáticas y qué factores sociales y culturales inciden en ellas. Esa base sólida es la que da sentido a la construcción de políticas públicas ambientales realmente efectivas.
Por eso valoro tanto esta clase: porque nos invita a mirar más allá del ámbito jurídico integrando ciencia, cultura y política para un análisis completo. Además de entrenar la capacidad de diálogo interdisciplinario para diseñar soluciones colectivas en el entorno de aprendizaje de la UMA, donde el trabajo colaborativo entre disciplinas es una de las estructuras medulares.
Algunos conceptos clave: suelo, cultura, densidad poblacional y resiliencia
Acercarme a la comprensión de la maravilla que es el suelo, prácticamente como un microcosmos que nos sostiene desde muchas perspectivas a todas las especies, y reflexionar sobre los significados ambientales y culturales que distintas comunidades identifican con nuestro entorno natural, es fascinante.
Los territorios no son solo espacios físicos: concentran memorias, símbolos y vínculos sociales que deben reconocerse al momento de diseñar política pública (UNESCO, 2015). A ello se suma la densidad poblacional en los ecosistemas naturales, un factor crítico que define la presión humana sobre la biodiversidad y los servicios que los ecosistemas pueden sostener.
Estas nociones reafirman que los problemas socioambientales no se limitan a cifras o informes técnicos. Son entramados donde se cruzan dimensiones ecológicas, sociales y culturales, y requieren enfoques interdisciplinares.
Funciones ecosistémicas, resiliencia y disturbios
Las funciones son procesos propios de los ecosistemas, mientras que hablamos de “servicios” cuando los valoramos desde nuestra perspectiva humana (Hernández Islas, 2020). Este contraste muestra cómo el lenguaje refleja un enfoque antropocéntrico que debemos cuestionar.
Además, conversamos sobre la resiliencia como el proceso a partir del cual un sistema se adapta o genera un balance después de un disturbio. Entendimos que los disturbios naturales son parte de la dinámica ecológica, pero que actividades humanas como la contaminación amplifican los impactos, alterando profundamente los sistemas. Casos como la eutrofización son ejemplo claro de estas alteraciones.
A partir de ello reflexionamos sobre los límites planetarios, un marco que establece nueve procesos que mantienen el sistema terrestre estable y resiliente, y de los cuales ya se han rebasado siete (Stockholm Resilience Centre, 2025). Este enfoque científico y de urgencia es indispensable para el diseño de políticas públicas ambientales éticas.
Créditos de imagen: imagen de Martha Vargas
Marcos regenerativos y aprendizajes colectivos
Un tema clave de la clase fue la discusión sobre marcos de trabajo regenerativo. Más allá de la sostenibilidad, la práctica regenerativa busca restaurar y potenciar la capacidad de los ecosistemas para sostener la vida, integrando la potencial contribución que actividades humanas pueden tener, a través de las dimensiones sociales y culturales. Esta perspectiva invita a pensar en políticas que no solo mitiguen impactos, sino que regeneren a propósito y de forma sistémica.
Una de las riquezas de esta clase ha sido el trabajo en equipos multidisciplinarios, como el de les 4 fantástiques del que felizmente formo parte. Allí, compartir visiones y contrastar enfoques nos permite crear propuestas más completas y realistas, a partir de conversaciones ricas, divertidas, respetuosas, atentas y muchas veces provocadoras.
Los aprendizajes colectivos, ya sea en los equipos o en las discusiones en clase, fortalecen la comprensión de las interacciones entre sociedad y naturaleza, y nos recuerdan que democratizar el conocimiento es esencial: abrir la ciencia y las políticas a más voces, a partir de lenguajes estructurados pero abiertos, asegura soluciones más justas e incluyentes.
Me queda una inquietud que me gusta plantear: ¿cómo logramos llevar este entendimiento socioambiental más allá de las aulas y de los círculos profesionales, para que se convierta en políticas públicas verdaderamente transformadoras?
Escrito por Martha Vargas Salgado, estudiante de la Maestría en Derecho Ambiental y Política Pública de la Universidad del Medio Ambiente.
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de los autores y pueden no coincidir con las de la Universidad del Medio Ambiente
Reflexionar sobre la historia de un lugar me hizo pensar en cómo ésta se entreteje con la vida de cada habitante, humano o no humano, que lo ha habitado. Este pensamiento nos lleva al concepto biológico de coevolución, donde los seres vivos y su entorno cambian de manera conjunta. Influyéndose mutuamente a lo largo del tiempo.
Existe una especie llamada mantis orquídea, que con el paso del tiempo ha adaptado su forma y colores a los de la flor que imita. Aunque la mantis no influye directamente en la apariencia de la orquídea, la interacción entre ambas especies y sus polinizadores ha moldeado su comportamiento y evolución. Mostrando cómo el entorno transforma a quienes lo habitan.
Así como la mantis orquídea se adapta a su entorno, los seres humanos también interactuamos con nuestros lugares. Es natural pensar que nuestro comportamiento está profundamente ligado al territorio. ¿Podría el conocer y comprender mejor nuestros lugares cambiar la forma en que los habitamos y nos relacionamos con ellos?
Foto de Yunnan Coffee Travel zhang: https://www.pexels.com/es-es/foto/naturaleza-verano-jardin-hoja-28214820/
Tres capas para leer el territorio
En este artículo exploraremos tres nuevas capas del marco de lectura del lugar propuesto por Regenesis Group: asentamientos humanos, economía y cultura. Para comprenderlas mejor, recordemos lo abordado en el texto anterior. Narrativa del lugar (Parte 2): Geología, Hidrología y Biología de Valle de Bravo(ver artículo aquí). La invitación es abrir los ojos a las interrelaciones entre las capas naturales y humanas que conforman el territorio. Así como en las capas anteriores encontramos conexiones, estas tres dimensiones —asentamientos humanos, economía y cultura— también se entrelazan no solo entre sí, sino con los sistemas ecológicos. Bajo esta idea base, quienes somos está profundamente conectado con el lugar que habitamos.
Asentamientos humanos: redes y raíces de Valle de Bravo
Valle de Bravo formó parte de los territorios Matlatzincas, nombre dado por los mexicas y que en náhuatl significa “señores de la red” o “los que tejen redes”. Algunos grupos matlatzincas ocuparon zonas dentro del territorio purépecha antes de la llegada de los españoles. Por lo que fueron llamados pirindas, “los de en medio”. Actualmente, el pueblo Matlatzinca conserva su nombre y memoria (De los Pueblos Indígenas, s.f.). Ambas denominaciones reflejan la posición estratégica de Valle de Bravo como punto de conexión y tránsito, un papel que ha mantenido a lo largo de su historia.
El libro El Valle de Bravo histórico y legendario, del Padre José Castillo y Piña, relata que la población fue fundada en 1530, bajo el árbol que hoy se conoce como “El Pino”, un ahuehuete de más de 700 años que sigue en pie. A las diez de la mañana del 15 de noviembre de ese año se realizó una misa presidida por Fray Gregorio Jiménez de la Cuenca, en la que se consagraron las tierras y aguas del valle al rey de España. Aunque no existen registros oficiales del evento, se sabe que el templo del Señor de Santa María (Cristo Negro) se construyó sobre un basamento prehispánico vinculado con “El Pino”, guardián de manantiales y productor de agua.
Durante siglos, el pueblo de Valle de Bravo abasteció a las minas cercanas y a la ciudad de Toluca, contando con bodegas, establos y un mesón de arrieros a mitad del camino entre Tierra Caliente y Toluca. Tras la Independencia, el territorio vivió conflictos y transformaciones, como otras zonas del país. Durante la Revolución, Valle de Bravo tuvo un papel estratégico para las huestes revolucionarias. Décadas después, con la construcción de la planta eléctrica de Ixtapantongo, que formaría parte del sistema hidroeléctrico Miguel Alemán (1947), inició una etapa de modernización e infraestructura que más tarde se integraría al sistema Cutzamala.
El Pino, Ahuehuete – Fuente: Alejandra Silva
A raíz de la presa, el crecimiento urbano tuvo un auge en cuatro momentos clave:
1968: subsede de las competencias de equitación de los Juegos Olímpicos.
1971: obtiene el título de Ciudad Típica de Valle de Bravo y se celebra el famoso Festival de Rock en Avándaro.
1972: sede de las competencias de vela y canotaje de los Juegos Centroamericanos.
2012: designación como Pueblo Mágico.
La construcción del ramal carretero Toluca–Zitácuaro facilitó su conexión regional.
Estos hitos consolidaron la identidad del valle como un territorio de encuentro entre lo natural, lo histórico y lo urbano.
Economía: de la agricultura a la transformación turística
Durante la época prehispánica, la economía de Valle de Bravo se basaba en la agricultura y la explotación forestal. Con la llegada de los españoles, la ganadería y la minería adquirieron gran importancia, transformando la relación de la población con la tierra.
De acuerdo con el Censo Económico 2014, más del 53% del valor bruto municipal proviene de los servicios turísticos y la actividad inmobiliaria. La transformación socio-residencial iniciada en los años setenta, impulsada por la hidroeléctrica Miguel Alemán y el nombramiento como Pueblo Mágico en 2005, modificó profundamente las actividades económicas del municipio.
De ser una región rural productiva —dedicada al trigo, maíz, frutales y ganadería—, Valle de Bravo se consolidó como un destino turístico y residencial. El paisaje se adaptó a nuevas prácticas: clubes náuticos, papalotes, esquí acuático, bicicletas y motos de montaña, así como clubes de golf y residencias campestres. Este desarrollo acelerado generó una concentración urbana desigual, donde el crecimiento económico no siempre se reflejó en una mejora equitativa del nivel de vida. El contraste entre turismo, comercio y vida local es hoy uno de los retos más visibles del territorio.
Cultura: herencia viva y conexión con la naturaleza
Dentro de Valle de Bravo se mantiene viva la herencia Matlatzinca. Los vestigios arqueológicos de La Peña, centro espiritual y geopolítico de este pueblo, recuerdan su antigua conexión con la naturaleza y el agua. Las prácticas agrícolas tradicionales, como la bendición de semillas (2 de febrero) y la petición de lluvias (15 de mayo), aún reflejan el vínculo sagrado entre las comunidades y la tierra. Estas celebraciones coinciden con el Día de la Candelaria y San Isidro Labrador, y combinan rituales agrícolas con expresiones religiosas mestizas.
Aunque el impacto del sistema Cutzamala transformó la región, las peregrinaciones y fiestas patronales siguen siendo parte esencial de la identidad local. Los rituales de paso, las danzas y las representaciones de moros y cristianos mantienen viva la relación entre los ciclos naturales y las dinámicas sociales.
Según el Censo de Población 2020 (INEGI), 398 personas en Valle de Bravo hablan alguna lengua indígena, siendo el mazahua la más hablada, con 317 hablantes. Esta diversidad lingüística evidencia la persistencia cultural y la riqueza humana del territorio.
Iglesia de Santa María, Valle de Bravo – Fuente: Alejandra Silva
Conclusiones: un sistema vivo en transformación
Podemos observar cómo la riqueza natural de Valle de Bravo ha moldeado el comportamiento humano, la economía y la cultura. Los cambios en el paisaje han transformado el lugar, pero los vestigios de otras épocas siguen presentes en la vida cotidiana. El territorio se revela como un sistema vivo que se nutre y nutre a quienes lo habitan, recordándonos que comprender su historia es también comprendernos a nosotros mismos.
Escrito por Alejanda Silva (egresada de la Maestría en Arquitectura, Diseño y Construcción Sostenible, generación 2023)Las opiniones incluidas en este artículo son responsabilidad de quien las escribe, y no reflejan la postura, visión o posición de la Universidad del Medio Ambiente.
En un mundo cada vez más afectado por el cambio climático y la degradación de los ecosistemas, la educación ambiental se alza como una herramienta clave para fomentar la conciencia y la acción. No obstante, este propósito tiene un doble filo: aunque es crucial educar sobre la magnitud de la crisis para impulsar un cambio, la exposición constante a esta dura realidad puede generar sentimientos de desesperanza y ansiedad.
Este fenómeno, conocido como ecoansiedad, puede paralizar a las personas en lugar de motivarlas. El gran desafío es, por tanto, encontrar un equilibrio que haga de la educación ambiental un puente entre la urgencia y la esperanza, transformando el problema en una oportunidad para la acción.
Tomado de Entre Saberes ITESO [2]
La Raíz del Problema y la Crisis Psicológica
Para comprender esta crisis, es necesario analizar el paradigma dominante. La visión antropocéntrica, que concibe a la naturaleza como un recurso inagotable al servicio exclusivo del ser humano, ha sido la causa principal de la degradación ambiental y la pérdida de biodiversidad [10].
Esta mentalidad ha impulsado un modelo de desarrollo que prioriza el crecimiento económico, ignorando los límites planetarios. Los intentos de promover la “sustentabilidad” han resultado a menudo en políticas débiles, diseñadas para mantener el sistema económico más que para proteger el ambiente [4]. La educación ha replicado esta línea, dificultando la adopción de una nueva forma de pensar.
La continua exposición a noticias sobre la crisis socioambiental ha generado un daño psicológico significativo. Investigaciones de Mental Health America [8] indican que el 99.6% de los terapeutas observan un impacto negativo en la salud mental de sus pacientes debido al consumo de noticias catastróficas.
Esto provoca síntomas de estrés, ansiedad y depresión, que se agravan por la percepción de una falta de capacidad individual para influir en las problemáticas, llevando a un sentimiento de impotencia. Este estado de angustia ha sido formalmente definido como ecoansiedad, un miedo crónico a la ruina ambiental [3, 14].
Los jóvenes son particularmente vulnerables a la ecoansiedad, experimentando tristeza, impotencia y culpa. Sin una gestión adecuada, estas emociones pueden conducir a la ecoparálisis, un estado de inacción fatalista. Como autoprotección, muchos recurren a la evasión selectiva de noticias, ignorando la información para protegerse emocionalmente [13]. El reto es claro: ¿cómo abordar la crisis sin provocar estas reacciones?
De la Ecoansiedad a la Ecoacción: Un Cambio de Paradigma Educativo
La solución no radica en ocultar la verdad. La clave es modificar la forma en que se presenta la información. La ecoansiedad no es un callejón sin salida, sino que puede ser un catalizador para la ecoacción. La preocupación por el planeta es una señal de que nos importa, y esta emoción puede ser canalizada hacia algo productivo [2].
Para lograr esto, la educación ambiental debe trascender los datos científicos. El educador debe ser más que un profesor; debe convertirse en un guía que se embarca en un viaje de aprendizaje mutuo con sus estudiantes [6]. Este nuevo modelo debe enfocarse en la acción colectiva y la agencia humana. No se trata de exigir una “sostenibilidad al 100%” individual, sino de tejer redes de apoyo y trabajar en comunidad para generar cambios estructurales.
Participar en iniciativas locales o realizar pequeñas acciones diarias son formas de transformar la ansiedad en una fuerza positiva. En lugar de sentirse solo, se siente parte de una solución que se construye entre todos.
Es esencial un cambio de paradigma hacia una educación que fomente la conexión y la empatía, transitando de una relación de dominio a una de colaboración y fraternidad. Así, el ser humano se reconoce como parte integral de un sistema interconectado, promoviendo una ética del cuidado esencial [1, 11].
Foto de Ana Hdz.
Competencias Transformadoras y el Enfoque Holístico
La Ley de Educación Ambiental Integral en Argentina es un ejemplo de esta visión convertida en política pública. Busca formar una conciencia ambiental y una ciudadanía activa de manera transversal en todo el currículo, conectando lo ambiental con la justicia social, la igualdad de género y la salud [9].
Esta transversalidad es fundamental, permitiendo abordar los temas ambientales desde todas las áreas del conocimiento. El papel del educador es clave: debe ser un agente de cambio y un acompañante, fomentando la reflexión crítica y la acción [5, 7].
Uno de los principales desafíos es abordar la problemática ambiental sin generar parálisis o ecoansiedad. Para ello, se sugiere un enfoque de “educación que transforma”, basado en dos pilares [7]:
Conectar con la Gratitud: Valorar la belleza y la vitalidad del mundo. Esta conexión con lo que se ama y se aprecia proporciona la energía y motivación para actuar.
Honrar el Dolor: Reconocer y procesar el dolor que provocan los problemas ambientales, entendiéndolo como una señal que impulsa la acción reparadora. Al aprender a gestionarlo, las personas se empoderan.
En este sentido, la educación debe ir más allá de la simple concientización y enfocarse en el desarrollo de competencias transformadoras como la empatía, la colaboración y la capacidad de solucionar problemas. Estas habilidades son las que permiten a los estudiantes convertirse en agentes de cambio [7, 12].
Foto de Ana Hdz.
Por lo tanto, las soluciones no se hallan en la simple acumulación de conocimientos, sino en una transformación personal y colectiva. Se requiere un enfoque que reconozca la crisis ambiental como una crisis civilizatoria que exige un nuevo paradigma de convivencia. Este enfoque debe basarse en una Educación Ambiental Integral y Transversal, que fomente una conexión ética y empática con la naturaleza, abordándola de forma holística.
Al capacitar a los estudiantes para ser promotores de cambio, la educación transforma la desesperanza en acción a través de la gratitud, el cuidado y la gestión del dolor. En este contexto, la educación se convierte en la herramienta más poderosa para construir un futuro más justo, sostenible y menos desigual, donde la esperanza y el compromiso colectivo prevalezcan sobre la parálisis y la indiferencia.
Escrito por Ana Raquel Hernández, estudiante de la Maestría en Innovación Educativa para la Sostenibilidad.
FUENTES
Boff, L. (2012). El cuidado esencial: Ética de lo humano, compasión por la tierra. Editorial Trotta.
Las opiniones incluidas en este artículo son responsabilidad de quien las escribe, y no reflejan la postura, visión o posición de la Universidad del Medio Ambiente.
Habilidades Verdes: La Guía Definitiva para Liderar el Futuro Sostenible
La crisis climática ya no es un debate futuro; es una realidad que está transformando nuestra economía a una velocidad sin precedentes. En medio de esta transición global, ha surgido una nueva y poderosa demanda en el mercado laboral: las habilidades verdes.
Lejos de ser una moda pasajera, estas competencias se han convertido en el catalizador fundamental para construir un futuro sostenible y resiliente. Para los profesionales, emprendedores y líderes —los verdaderos agentes de cambio—, dominar estas habilidades ya no es una opción, sino el mecanismo más potente para convertir la conciencia en acción.
Si quieres saber qué son exactamente, por qué las empresas las buscan desesperadamente y cómo puedes desarrollarlas para potenciar tu carrera, sigue leyendo. Esta es tu guía definitiva.
¿Qué Son Exactamente las Habilidades Verdes?
Las habilidades verdes, o green skills, son el conjunto de conocimientos, capacidades, valores y actitudes que necesitas para vivir y trabajar en una sociedad sostenible. Su objetivo va más allá de simplemente “no contaminar”; buscan activamente promover la biodiversidad, mejorar la eficiencia de los recursos y ayudarnos a adaptarnos al cambio climático.
Piensa en ellas como el “software humano” que hace funcionar el nuevo sistema operativo global:
La Economía Verde: Es el sistema que busca bajas emisiones de carbono, usa los recursos eficientemente y es socialmente inclusivo.
Los Empleos Verdes: Son los trabajos decentes que contribuyen a preservar o restaurar el medio ambiente dentro de esa economía.
Las Habilidades Verdes: Son las competencias que permiten que todo lo anterior funcione de manera coherente y eficaz.
El Catálogo de Habilidades Verdes que Necesitas Dominar
Las green skills no son un concepto abstracto. Se dividen en tres categorías claras y complementarias que todo agente de cambio debe conocer.
1. Habilidades Técnicas (El “Saber Hacer”)
Son los conocimientos prácticos y específicos para implementar soluciones sostenibles. Son concretas, medibles y muy demandadas. Algunos ejemplos clave son:
Eficiencia Energética y Energías Renovables: Conocimientos en auditorías energéticas, instalación de paneles solares o diseño de edificios de bajo consumo.
Gestión de Residuos y Economía Circular: Competencias en análisis del ciclo de vida de productos, ecodiseño y desarrollo de modelos de negocio circulares (reparación, reutilización).
Construcción Sostenible: Habilidades en el uso de materiales ecológicos y certificación de edificios como LEED.
Cumplimiento Normativo Ambiental: Expertise en la legislación vigente y en nuevas directivas sobre sostenibilidad.
2. Habilidades Transversales (El “Saber Ser”)
Si las habilidades técnicas son el motor, las transversales son el sistema de navegación. Son competencias generales que te permiten gestionar la complejidad humana de la transición.
Pensamiento Sistémico: La capacidad de entender cómo los sistemas sociales, económicos y ecológicos están interconectados para diseñar soluciones holísticas.
Comunicación y Empatía: La habilidad de comunicar la urgencia y las oportunidades de la sostenibilidad de manera clara y persuasiva a distintas audiencias.
Resolución de Problemas Complejos: Abordar desafíos que no tienen una única solución correcta, integrando datos cuantitativos con consideraciones éticas.
Inteligencia Emocional y Resiliencia: Gestionar la frustración y mantener el impulso frente a la magnitud de los desafíos socioambientales.
3. Habilidades Estratégicas (El “Saber Dirigir”)
Estas competencias cierran la brecha entre la visión y la ejecución. Permiten integrar la sostenibilidad en el núcleo de la estrategia de cualquier proyecto u organización.
Gestión de Proyectos Sostenibles: Planificar y ejecutar proyectos que integren metas ambientales y sociales (el “triple impacto”).
Finanzas Sostenibles y Análisis ESG: Comprender y aplicar los criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza (ESG) para evaluar inversiones y atraer capital de impacto.
Innovación Sostenible: Desarrollar nuevos productos, servicios y modelos de negocio que resuelvan problemas socioambientales de forma rentable.
Marketing y Comunicación Estratégica: Construir narrativas auténticas sobre sostenibilidad, evitando el greenwashing.
¿Por qué hay una fiebre por el talento verde en el mercado?
La respuesta es simple: oferta y demanda. Hoy existe una brecha masiva entre la cantidad de profesionales con habilidades verdes y la demanda del mercado, y esta brecha es tu mayor oportunidad estratégica.
La demanda se dispara: Entre 2022 y 2023, las ofertas de empleo que requerían habilidades verdes aumentaron un 22%, mientras que el número de trabajadores con estas habilidades solo creció un 12%.
Ventaja competitiva clara: Según datos de LinkedIn, los profesionales con al menos una habilidad verde en su perfil tienen una tasa de contratación un 54% mayor que el promedio.
Una oportunidad regional masiva: Un informe del BID y la OIT proyecta que la transición verde podría crear 15 millones de nuevos empleos netos en América Latina y el Caribe para 2030.
Sectores en Plena Ebullición
La demanda no es uniforme. Estos son los sectores que están liderando la contratación de talento verde:
Energías Renovables
Construcción Sostenible
Economía Circular y Gestión de Residuos
Agricultura y Silvicultura Sostenible
Transporte y Movilidad Eléctrica
Finanzas y Consultoría ESG
Cómo Convertirte en un Agente de Cambio: Tu Hoja de Ruta Práctica
Adquirir estas habilidades es un proceso continuo. Afortunadamente, nunca ha habido tantos recursos disponibles.
1. Fórmate y Certifícate
La oferta de cursos y certificaciones está creciendo rápidamente. Aquí tienes algunas de las mejores opciones:
No necesitas cambiar de trabajo para ser un agente de cambio. Aplica una “lente de sostenibilidad” a tus tareas diarias:
Propón iniciativas: Sugiere una auditoría energética en tu oficina o implementa un programa de reciclaje más robusto.
Influye en la cadena de valor: Si trabajas en compras, busca y propone proveedores con certificaciones ambientales y sociales.
Integra la sostenibilidad en tus decisiones: Al evaluar un nuevo proyecto, incluye un análisis de su impacto ambiental y social junto con el financiero.
Conclusión: Tu Futuro es Verde
Las habilidades verdes han dejado de ser un nicho para convertirse en el nuevo lenguaje de la economía global. Son la competencia fundamental para cualquier profesional que aspire a ser relevante y próspero en las próximas décadas.
Para ti, como agente de cambio, representan el arsenal estratégico para diseñar, liderar y ejecutar la transición hacia un futuro justo y sostenible. Porque no se trata solo de mejorar tu currículum, sino de equiparte para resolver los desafíos más importantes de nuestro tiempo.
En la Universidad del Medio Ambiente, contamos con la Maestría en Administración de Empresas Socioambientales, en donde podrás conocer y desarrollar estrategías para generar negocios, estrategías que tengan una visión y propósitos regenerativos, contempla la perspectiva sistémica entre actores, objetivos y alcances.
Si quieres conocer más acerca del plan de la UMA, el plan de estudios y la comunidad educativa, haz clic en la imagen.
Las opiniones incluidas en este artículo son responsabilidad de quien las escribe, y no reflejan la postura, visión o posición de la Universidad del Medio Ambiente.
Casi todas las personas hemos escuchado de escuelas alternativas que ofrecen una propuesta de educación personalizada e integral que se promueve desde lo innovador, pero ¿qué sucede con aquellas que han crecido con una estructura tradicional? ¿Qué pasa con esas grandes escuelas de cemento en el centro de las ciudades, o cualquier otra institución —educativa o no— que a veces se siente atrapada entre las paredes de lo posible, pero que su corazón quiere ofrecer y moverse hacia una coherencia para la vida?
Durante años, muchas escuelas se han acercado al tema ecológico con propuestas valiosas, pero parciales: huertos escolares manejados por empleados, separación básica de residuos, granjas escolares o visitas puntuales a comunidades llamadas “vulnerables”. Son pasos importantes, pero la pregunta que permanece es: ¿qué nos está transformando como comunidad?. Si todo se queda en el activismo, corremos el riesgo de quedarnos en la superficie y de que nuestras acciones no toquen lo más profundo: el corazón humano, las motivaciones comunitarias y la cultura institucional.
Fotografía obtenida de Colegio Salesiano Anáhuac Garibaldi, Guadalajara, Jalisco, México (2020). Una escuela en un barrio céntrico de la ciudad.
¿De qué sirve contar actividades si no transforman nuestras relaciones? En el campo educativo solemos hablar de proyectos, campañas o actividades ambientales. Sin embargo, detrás de la palabra indicador hay una oportunidad: mirar lo que hacemos no solo como una lista de cumplimiento, sino como una forma de reconocer procesos que expanden el horizonte de cada institución. Los indicadores no son un porcentaje frío, sino huellas de caminos que se abren, lluvia de ideas que se vuelven posibles y nos ayudan a situar las acciones de cuidado de la vida en cada contexto.
Del dato a la relación
Cuando hablamos de educación regenerativa no se trata de agregar tareas a la agenda, sino de resignificar la manera en que nos vinculamos con lo otro (la Creación de Dios, la naturaleza, el entorno). Como bien señala Francisco en Laudato Si’ (2015), todo está interconectado: no existen crisis separadas, sino una única crisis socioambiental que refleja también el corazón del ser humano. De ahí que no podemos mirar los residuos, el agua o la energía de manera aislada, sino dentro del tejido de nuestras relaciones.
Ese tejido —como lo expresa Mendoza Zárate (2019)— se compone de acuerdos, identidad y vínculos. Y, si queremos hablar de regeneración, también debemos añadir las relaciones ambientales para formar un tejido socioambiental: con el suelo, con el aire, con las especies que conviven en el territorio. No buscamos únicamente contar “cuántos” proyectos, sino reconocer “qué tipo” de relación se va gestando.
Es preciso ejecutar acciones con voluntad y convicción. Dada la crisis climática, vale la pena comenzar reconociendo algo fundamental (retomando la experiencia de Nuria Ortega):si no hay transformación personal, los esfuerzos colectivos se agotan en la superficie; y si no hay transformación colectiva, los esfuerzos personales terminan en frustración.
Fotografía obtenida de Cultura Ecológica Integral Salesiana (2025).
Una brújula para avanzar: la escala de niveles
En la conversación educativa, a menudo hablamos de proyectos, campañas o actividades ambientales. Pero hablar de indicadores nos permite dar un paso más: reconocer en qué punto estamos y hacia dónde podemos movernos. No se trata de tener un porcentaje de cumplimiento ni quiero que se vuelva en un espacio de juicio, sino de visualizar caminos posibles que se adaptan al contexto de cada institución.
El marco del diseño regenerativo de Bill Reed (2007) ofrece una brújula para entender la profundidad de nuestras acciones. En él, vinculado a los fundamentos comunitarios y espirituales de Laudato Si’ (Francisco, 2015), podemos distinguir al menos cinco niveles de relación con lo otro:
Convencional
Uso indiscriminado de los recursos, sin conciencia ambiental ni social. La escuela funciona bajo un modelo de consumo lineal (usar–tirar), sin preocuparse por los impactos en la naturaleza o la comunidad.
“Verde”
Primera fase de “sensibilización ecológica”. Se adoptan prácticas visibles (separar basura, poner carteles de “ahorra agua”) o campañas esporádicas, muchas veces más como imagen que como transformación real. Puede caer en el “greenwashing” si no hay coherencia profunda.
Sostenible
Se busca preservar los recursos y reducir impactos. La institución establece metas medibles (agua, energía, residuos), se acerca al modelo carbono neutral o net-zero, y vincula la educación con un estilo de vida responsable.
Restaurativo
Se pasa de “mantener” a restaurar. La institución no solo reduce su huella, sino que busca revertir daños y recrear condiciones previas al deterioro ambiental. Se imitan los procesos de la naturaleza (biomimética) y se construyen relaciones de reciprocidad con la comunidad.
Regenerativo
Nivel más profundo: la escuela se concibe y vive como parte de la naturaleza. Sistemas humanos y naturales conviven y se fortalecen mutuamente. Se crean culturas regenerativas, con visión de largo plazo (50–100 años), integrando espiritualidad, ciencia y comunidad.
Este marco ayuda a no quedarnos solo en lo inmediato. No todas las acciones serán regenerativas desde el inicio, pero esta escala nos muestra el horizonte y nos motiva a dar pasos cada vez más profundos.
Seis ámbitos para mirar nuestras acciones
Como parte de la Comisión Inspectorial de Medio Ambiente (CIMA) de los Salesianos México-Guadalajara, trabajamos este marco para personas directivas de escuelas salesianas en México y de ahí surgió un conjunto de indicadores por área (Anguiano, Villanueva, y González, 2025). Cada ámbito toca dimensiones prácticas de la vida escolar, pero también abren preguntas más hondas sobre cómo nos relacionamos con toda la vida.
Gestión institucional
Se trata de cómo la institución incorpora lo ambiental en su organización. Algunos ejemplos de los indicadores son:
El colegio cuenta con un plan de reducción de huella de carbono.
Se genera un fondo económico para proyectos ambientales del colegio.
Se diseñan proyectos transgeneracionales (pensando en 50-100 años).
En lo cotidiano, esto se traduce en que la sostenibilidad no sea un proyecto aislado, sino parte de las decisiones administrativas, presupuestales y de planeación de cada colegio.
Infraestructura y recursos
Aquí se revisa el manejo eficiente de los bienes naturales y de las instalaciones:
Toda el agua usada en la escuela es tratada y reutilizada en ciclos cerrados.
Se promueve la movilidad sostenible: bicicleteros, compartir auto, transporte escolar.
Se realizan campañas permanentes de reciclaje y compostaje (se tiene plan de manejo – Ley General para la Prevención y Gestión Integral de los Residuos).
Son indicadores que permiten ver cómo el espacio escolar se convierte en un laboratorio vivo de aprendizaje y coherencia.
Alimentación y consumo
La alimentación es una de las áreas con mayor impacto socioambiental y formativo:
Se reutilizan libros y uniformes en bancos de intercambio anual.
Existencia de opciones agroecológicas en el menú escolar.
Eliminación de plásticos de un solo uso en cafeterías y eventos.
Al cambiar la cultura de consumo, la comunidad escolar aprende a valorar el origen de los alimentos y su vínculo con la justicia ambiental y social.
Currículo y formación
No basta con prácticas aisladas: el cuidado de la vida debe estar presente en la propuesta educativa. Algunos indicadores:
Se diseñan áreas educativas al aire libre (aulas verdes).
Se incluyen proyectos ambientales en el currículo de las asignaturas.
Los aprendizajes integran ciencia, espiritualidad y cultura de cuidado.
La clave aquí es que el cuidado ambiental deje de ser “un tema más” y se convierta en parte de la identidad educativa.
Relación con la comunidad
Las instituciones no son islas; forman parte de un tejido social y ambiental más amplio:
Se recupera biodiversidad local dentro del espacio escolar (aves, insectos, plantas).
La comunidad educativa está comprometida en proyectos sociales.
Se desarrollan alianzas con ONGs, otras escuelas, vecindades y autoridades para restaurar ecosistemas cercanos.
Un colegio regenerativo no solo se transforma hacia dentro, sino que se vincula hacia fuera, aportando a la resiliencia de su territorio.
Espiritualidad y ética
Quizá el indicador más complejo de medir, pero también el más transformador:
Las decisiones de gestión se acompañan de procesos comunitarios y de reflexión ética.
Se fomentan espacios de silencio, contemplación y gratitud hacia la naturaleza.
La comunidad vive una ética del cuidado que trasciende las instalaciones y llega a los hogares.
Este ámbito nos recuerda que la educación regenerativa no se mide únicamente en litros de agua ahorrados, sino en la calidad de nuestras relaciones: acuerdos, identidad y vínculos fortalecidos.
La reacción de las y los directivos que nos compartió Ana Olivia González (de la CIMA) es similar a la que muchas personas sentimos ante un gran reto: muchas personas se sintieron abrumadas por la cantidad de posibilidades y, en algunos casos, cuestionaron la pertinencia de dedicar tiempo a estas acciones. Sin embargo, al mirar los indicadores no como una lista cerrada, sino como un camino abierto, surgió un aprendizaje central: educamos para la vida y con la vida, y estos cambios son intergeneracionales.
Fotografía obtenida de Cultura Ecológica Integral Salesiana (2025).
Más allá de lo “ecológico”
Hablar de indicadores no significa hacer auditorías técnicas, sino abrir horizontes. Los indicadores nos ayudan a ver que un huerto escolar puede ser extractivo si es decorativo, sostenible si se mantiene a largo plazo, restaurativo si recupera suelos degradados y regenerativo si logra tejer comunidad y conciencia.
Lo que está en juego no es solo la ecología, sino la coherencia de nuestros proyectos educativos con la vida misma. Una escuela que aprende a vivir regenerativamente educa para un futuro distinto, posible y esperanzador.
¿Qué ganan las instituciones con este cambio de mirada? Más que un título de “ecológicas”, ganan coherencia, resiliencia y comunidad. Se convierten en lugares donde se ensayan otras formas de vida, donde se potencia la vida de cada persona y la vida del planeta.
La educación regenerativa es necesariamente intergeneracional. No veremos todos sus frutos mañana, pero cada paso construye futuro. La invitación está abierta: mirar los indicadores no como una lista de tareas, sino como un mapa de posibilidades para cuidar lo que somos y lo que seremos.
Fotografía de los niños futboleros de la comunidad de Juluchuca, Guerrero, México (2022).
Nota final
Agradezco a Miguel Núñez, Malú Villanueva, Ana Olivia González, con quienes he tenido la oportunidad de reflexionar y trabajar en torno a este tema hacia una cultura ecológica integral, y también a ChatGPT por el apoyo en dar orden y claridad a las ideas en nuestra cabeza.
Escrito por Ana Lorena Anguiano Suárez del Real, alumna de la Maestra en Innovación Educativa para la Sostenibilidad.
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Referencias
Anguiano Suárez del Real, A., Villanueva, M., González, A. (2025). Indicadores por nivel. Diseño regenerativo. Documento interno de la Comisión Inspectorial de Medio Ambiente (Salesianos México – Guadalajara).
Francisco (2015). Laudato Si’. Carta encíclica sobre el cuidado de la casa común. Ciudad del Vaticano.
Mendoza Zárate, R. (2019). El tejido social: acuerdos, identidad y vínculos. México.
Reed, B. (2007). Shifting from ‘sustainability’ to regeneration. Building Research & Information, 35(6), 674–680.
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de los autores y pueden no coincidir con las de la Universidad del Medio Ambiente.
La agroecología en la ciudad podria parecer una contradicción ¿cómo hablar de suelos fértiles, biodiversidad y ciclos naturales en medio del concreto y el asfalto? Sin embargo, las urbes también son territorios vivos. Incorporar la agroecología en ellas es posible y necesario, no sólo para la producción de alimentos, sino para regenerar vínculos sociales, culturales y ambientales.
Ciudades: territorios vivos
Durante mucho tiempo, las ciudades se han entendido únicamente como espacios de consumo: demandan alimentos, agua y energía de los territorios rurales devolviendo contaminación y residuos. Este metabolismo urbano ha generado enormes impactos sociales y ambientales (Pengue, 2017). Sin embargo, la ciudad puede ser también un territorio productivo, capaz de aportar soluciones a la crisis alimentaria, climática y de salud que enfrentamos.
Reconocer a la urbe como un espacio con potencial agroecológico abre la posibilidad de transformar balcones, azoteas, patios escolares y parques en sitios de producción de alimentos, aprendizaje colectivo y resiliencia comunitaria (Salazar et al., 2020).
Agroecología como forma de vida
Practicar agroecología en la ciudad no significa únicamente cultivar, sino también transformar nuestros hábitos y relaciones cotidianas. Implica reconocer el territorio, informarnos, elegir alimentos locales y de temporada, participar en cooperativas y mercados agroecológicos, reducir residuos mediante el reciclaje de nutrientes y, sobre todo, tejer vínculos comunitarios en torno a la alimentación y el cuidado mutuo. De esta manera, la agroecología urbana se convierte en una forma de vida que regenera tanto los ecosistemas como el tejido social.
Cosecha en la ciudad
Fotografía tomada por Melissa Carrera
Como señala Altieri (1999), la agroecología surge en la finca a escala humana, pero sus principios son aplicables en cualquier territorio. Hoy, la ciudad es también escenario para cultivar solidaridad, salud y sostenibilidad.
Entendiendo la agroecologia
Para entender mejor la agroecología podemos acercarnos a la Flor de la Agroecología, que nos recuerda que este enfoque no se limita a un conjunto de técnicas agrícolas, sino que integra dimensiones ecológicas, económicas, sociales, culturales y políticas.
La diversidad se manifiesta en huertos que entrelazan hortalizas, flores y plantas medicinales; el reciclaje de nutrientes aparece en el compostaje que devuelve vida a los suelos; la eficiencia se expresa en prácticas de ahorro como los sistemas de riego sustentables y la captación pluvial; y la resiliencia se construye cuando las comunidades producen parte de sus alimentos y fortalecen su autonomía.
En el contexto urbano, la flor cobra un significado especial, más que un método de producción, la agroecología urbana se convierte así en una forma de vida que nos invita a repensar cómo habitamos y cuidamos nuestras ciudades.
Cultivando en la ciudad
Fotografías tomadas por Melissa Carrera
Presente y Futuro
La agroecología en la ciudad es recuperar el sentido de comunidad, regenerar el entorno urbano y construir resiliencia frente a las crisis. Nos recuerda que no es un modelo exclusivo del campo, sino una forma de vida que puede florecer en cualquier territorio.
Melissa Carrera Carmona, estudiante de la Maestria en Agroecología y Sistemas Alimentarios Regenerativos, generación 2025.
Referencias
Aguilar-Rivera, N., & Roldán-Castro, D. (2023). Agroecología urbana: Perspectivas y retos en México. Sociedad y Ambiente, 2(23), 135-160. https://doi.org/10.31840/sya.vi23.3045
Altieri, M. A. (1999). Agroecología: bases científicas para una agricultura sustentable. Editorial Nordan-Comunidad.
Pengue, W. A. (2017). Agroecología y ciudad: Alimentación, ambiente y salud para una agenda urbana sostenible. Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, 139, 63-77.
Salazar, O., Muñoz, M., & Suárez, R. (2020). La agroecología urbana como estrategia de resiliencia socioecológica. Luna Azul, 51, 126-147. https://doi.org/10.17151/luaz.2020.51.7
Reseña del proyecto de titulación de María José Marquez Zaldivar. Generación 2023. Maestría en Proyectos Socioambientales de la Universidad del Medio Ambiente.
Contexto y problema socioambiental
El proyecto se desarrolla en Playa Escondida, ubicada al norte de Playa Brasil y Playa Azul, en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca. A pesar del auge turístico en la región, su crecimiento demográfico e inmobiliario ha sido más moderado, lo que ha permitido la conservación de su diversidad ecosistémica. Sin embargo, enfrenta retos que representan oportunidades para el desarrollo sostenible y la implementación de soluciones innovadoras.
La comunidad vive una serie de problemas que están profundamente conectados entre sí y que afectan tanto al medio ambiente como a la vida cotidiana de las personas. La falta de ingresos estables ha obligado a muchas familias a buscar alternativas para subsistir, a veces recurriendo a prácticas que dañan el entorno. Un ejemplo claro es la escasez de materiales para construir, que ha llevado a que se tale mangle o la venta de carbón, con consecuencias graves para los ecosistemas locales.
Por otro lado, la reforma a la Ley Agraria cambió por completo la forma en que se organizaba la propiedad ejidal, lo que debilitó los lazos entre vecinos y abrió la puerta a procesos de privatización de la tierra. Las formas tradicionales de cultivo —como el ajonjolí, el sorgo, el maíz y la sandía— siguen presentes, pero ahora conviven con una caída en la pesca. Esto se debe, en parte, al aumento de las temperaturas, la contaminación del agua por fosas sépticas y la sobreexplotación del mangle.
El problema del agua se ha vuelto crucial La dificultad para acceder a agua potable, la baja en los mantos acuíferos y la contaminación de ríos y lagunas demuestran la urgencia de abordar este problema.. A todo esto se suman otros desafíos sociales: empleos mal pagados, migración constante y carencia de servicios básicos. Todo este panorama ha ido desgastando la relación de la comunidad con su entorno.
Frente a este escenario, es clave pensar en soluciones integrales que ayuden a recuperar el vínculo con la tierra y apuesten por formas de vida más sostenibles.
Propósito de cambio
El propósito del cambio se basa en la estrategia de desarrollo de un programa integral orientado al fomento de la cultura de cuidado e identidad, así como en la construcción desde la esencia y el enfoque del turismo regenerativo. Esta estrategia busca promover el desarrollo de actividades y servicios turísticos sostenibles en Playa Escondida, con el objetivo de contribuir a la regeneración de recursos naturales, la reducción de la contaminación y el cuidado del hábitat. Como resultado, se pretende mejorar los servicios ecosistémicos, beneficiando tanto a la pesca como a la vida cotidiana y a las actividades recreativas en la región.
Teoría de cambio
Figura 1: Teoría de cambio cíclica. Fuente: Elaboración propia (2024).
El mapa conceptual de esta problemática se centra en la degradación de los recursos naturales, el aumento de la contaminación y el deterioro del hábitat en Playa Escondida y Guelaguechi, enmarcándola dentro de un contexto más amplio. Esta degradación conlleva el desgaste de los servicios ecosistémicos esenciales para actividades económicas y recreativas, lo cual, a su vez, afecta la calidad de vida, la salud y el desarrollo económico de los habitantes, quienes se ven forzados a buscar nuevos medios de sustento.
La falta de ingresos estables a corto plazo ha llevado a la comunidad a vender los terrenos frente a la playa, lo que ha disminuido su conexión con este ecosistema vital. Este proceso de alienación contribuye a la falta de una cultura de cuidado y al debilitamiento de la identidad local, lo que facilita la proliferación de actividades y proyectos turísticos no sostenibles. Estas actividades, como la contaminación de los recursos acuáticos y la playa, crean un ciclo perjudicial que agrava aún más los problemas ambientales y sociales.
La hipótesis es que este ciclo puede transformarse mediante la implementación de un programa de fomento al cuidado y la identidad local, el cual permitiría que la comunidad se reapropie de sus recursos naturales y de su territorio frente a la posibilidad de nuevos desarrollos.
La adquisición de herramientas técnicas relacionadas con la construcción y la preservación desde una perspectiva auténtica ayudará a evitar desarrollos insostenibles, promoviendo el valor de los recursos naturales que posibilitan la generación de ingresos estables a través de iniciativas como el turismo regenerativo. De esta manera, se regeneran los mismos recursos que hacen único al lugar y permiten a la comunidad disfrutar de una buena calidad de vida.
Este enfoque es respaldado por el Plan de Desarrollo Municipal Trienio 2024-2026 de Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca, que reconoce la importancia de la sostenibilidad y la preservación de los recursos locales.
Para promover el turismo regenerativo y otros proyectos que fomenten la armonía económica y social, es necesario proteger la base de estos modelos: la naturaleza. Si los recursos naturales prosperan, los ingresos de la comunidad también lo harán, asegurando la sostenibilidad a largo plazo. Conectar con nuestras raíces, finalmente, significa conectar con nosotros mismos y con nuestro entorno, lo que implica cuidar y proteger lo que nos rodea. Por ello, es crucial que la comunidad se apropie de sus recursos naturales, ya que nadie mejor que ellos los conoce y estará dispuesto a cuidarlos y preservarlos.
Productos y avances
Las estrategias seleccionadas surgieron a partir de los conversatorios con el ejido, la encuesta realizada y el análisis de los recursos disponibles en la zona. También se consideraron los intereses de la comunidad, identificados por la recurrencia de estos temas durante las reuniones y actividades. Como resultado, se definieron tres estrategias clave para el proyecto integral: el Programa de Fomento al Cuidado e Identidad (FCI), el Diseño de una Experiencia de Turismo Regenerativo (DTR) y el Programa de Construcción desde la Esencia (PCE), el cual se está considerando implementar a largo plazo y se desarrolla a fondo en el trabajo de mi compañera de arquitectura Paola Williams.
Figura 2: Representación gráfica e integral de las estrategias que abarca el proyecto. Fuente: Elaboración propia (2025).
Como primera fase para el FCI, se organizaron tardes de cine, se planificó la proyección de un episodio por semana. Durante la primera sesión, se aclaró el propósito de esta actividad: ofrecer una nueva perspectiva sobre su espacio y cotidianidad, para luego llevar a cabo un mapeo de sus lugares y actividades favoritas en Guelaguechi. Aunque se planificó un episodio por semana la comunidad decidió ver toda la serie en una tarde.
Al concluir la primera mitad de la serie, se habilitó un espacio para el diálogo en el que los participantes pudieron compartir sus impresiones sobre la serie, filmada en Playa Escondida. Durante esta instancia, se utilizaron las preguntas y experiencias previamente planteadas en el mapeo de entusiasmo como guía para estructurar la reflexión colectiva.
Antes de comenzar el mapeo, los niños dibujaron sus cuerpos y les pusieron nombres inspirados en la serie proyectada. Estas actividades permitieron que se conectaran más profundamente con los contenidos y se expresaran de manera creativa. En cuanto al mapeo, se obtuvieron respuestas muy valiosas por parte de los niños, quienes expresaron diversos sueños y aspiraciones. Algunos mencionaron el deseo de ser “marina para proteger a la comunidad y a los niños” o “maestra”, mientras que otros mencionaron profesiones como azafata, futbolista o doctora. Además, se destacó el sueño de contar con una cancha para jugar, un circo en el pueblo, partidos de voleibol y clases de arte.
Asimismo, los niños manifestaron su interés por diversas actividades relacionadas con la naturaleza y la comunidad, como ir a la playa en repetidas ocasiones, levantar basura, barrer para jugar, jugar canicas, pesca, regar las plantas, plantar árboles, ayudar en las tareas del hogar y con los abuelos, así como limpiar la playa, recoger latas y limpiar las calles. También expresaron el deseo de ir a la playa para remover el chapopote del mar y cuidar la biodiversidad.
Cabe destacar que todos los niños votaron por aprender zapoteco, lo que refleja su interés en preservar y fortalecer su lengua materna.
En relación con las encuestas distribuidas entre adultos y jóvenes durante esa misma tarde, el 100% expresó su interés por el turismo sustentable, mientras que el 96.7% manifestó interés en temas ambientales. En cuanto a los resultados del mapeo, la actividad más votada fue el turismo sustentable, con 11 votos, seguida por el arte, con 10 votos, y la gastronomía y la agricultura, con 9 votos cada una.
El Programa de Fomento al Cuidado e Identidad, se planea realizar cada 3 meses con actividades complementarias al Diseño de una Experiencia de Turismo Regenerativo. Este programa alimenta ambas estrategias y nutre a las siguientes experiencias.
Figura 3: Mapeo de fuentes de entusiasmo con las infancias de Guelaguechi. Fuente: Elaboración propia (2025).
Etapas siguientes
Se está trabajando para formar el comité de turismo en Guelaguechi, la comunidad más cercana a Playa Escondida. Posteriormente, se planea realizar la capacitación del comité con un especialista en turismo regenerativo. Asimismo la siguiente fase del FCI, es una actividad con los niños de Guelaguichi, en donde la experiencia consiste en jugar juegos de mesa para generar inspiración en la creación de juegos mesa con temática del lugar, la cultura zapoteca y Guelaguechi.
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de los autores y pueden no coincidir con las de la Universidad del Medio Ambiente.
Yo entendía los proyectos de regeneración socioambiental como propuestas situadas a un espacio físico, pero la regeneración también puede ser personal. Al comprender la regeneración como una posibilidad más allá de un sitio particular y concebirla como un movimiento dentro de uno mismo que nos lleva a querer regenerar la vida, comprendí cómo el proyecto que estoy desarrollando en la maestría de educación puede ser regenerativo. La propuesta que estamos trabajando quiere replantear cómo estamos habitando, desde dónde nos vinculamos, qué valores sostenemos y qué formas de vida promovemos o transformamos.
La regeneración socioambiental la ligo con el concepto de innovación de Benjamín Berlanga (2014). Berlanga desarrolla que la innovación parte de tres lugares: el rechazo a las injusticias existentes, la imagen del deseo construida en comunidad, y el hacer colectivo y constante que se actualiza mientras se va haciendo. Un proyecto que busca la innovación, busca la regeneración socioambiental, pues no solo busca solucionar desde lo que ya existe, si no innovar desde lo que todavía no existe pero que juntos deseamos. Imagear en colectivo.
En mi investigación, el desarrollo regenerativo desde el aspecto pedagógico lo he ligado a los principios de la pedagogía del sujeto. Si los principios de Mang y Haagard (2016) reconocen la importancia de que la regeneración surge de la esencia y acerque a la vocación de un sitio, la pedagogía del sujeto reconoce que el conocimiento surge del que aprende, aprende porque le es relevante y lo que aprende lo acerca a quien quiere ser. Esto me permitió ver que los procesos regenerativos pueden también centrarse en el aprendizaje como una transformación del ser.
El taller desarrollado en este trabajo busca que quienes habitamos la ciudad reconozcamos cómo los sistemas políticos, económicos, sociales, ecológicos afectan nuestra cotidianidad. En este sentido Mang y Haagard (2016) han sido base importante. Los patrones de anidamiento en el taller se pueden comprender cómo con quién y con qué nos vinculamos, cómo están conectados nuestros espacios. La casa, el barrio y la ciudad son espacios que pareciera que tienen límites geográficos claros pero en realidad, en nuestro habitar esos límites se desdibujan y cambian en medida de cómo nos sentimos, qué hacemos y con quién estamos. Nuestro habitar está inserto en múltiples escalas, comprender cómo está anidado no permite ver cómo nuestras decisiones cotidianas impactan y son impactadas por sistemas mayores.
Imagen de Natalia Z
1. Posibilidades de un dormitorio desjerarquizado por José Manuel Pardo.
Por ejemplo, a muchos nos es habitual que exista la “recámara principal”. Qué sentimientos genera que exista esta jerarquía de las recámaras, cómo nos hace relacionarnos en casa, cómo nos hace comportarnos, por qué se tiene esta jerarquía, para quién está dirigido esta distribución espacial, por qué se asume esta necesidad como norma, a quién beneficia que habitemos de esta manera, a quién deja afuera, cómo afecta al barrio que haya o no haya cierto tipo de grupos habitando espacios con recámaras jerarquizadas, cómo afecta a la ciudad.
“Las formas de organización social tienen una importancia ambiental, pues las relaciones sociales influyen en la transformación del medio. Si miramos los impactos ambientales del desarrollo moderno podemos ver las relaciones entre el deterioro del medio y las formas de organización productiva o política” (Ángel Maya, 1996, p.107).
Los patrones de interacción nos pueden mostrar cómo nos relacionamos con los elementos geológicos, biológicos y humanos que nos rodean. Estos nos ayudan a observar cómo nos relacionamos con otros seres y elementos del lugar, revelándonos si nuestras prácticas fomentan la cooperación, el cuidado y la reciprocidad, o si reproducen dinámicas extractivas y fragmentadas. A partir de esto, por ejemplo, incluí en el taller momentos de investigación del entorno donde cada persona identifica qué elementos influyen en su experiencia del lugar, desde lo físico hasta lo simbólico. Estas observaciones también fomentan una escucha más atenta, que permite tomar decisiones más conscientes sobre cómo habitamos y cómo nos relacionamos.
Por último los patrones de esencia nos pueden mostrar aquello que nos mueve, nuestras maneras únicas de habitar y nuestro rol en nuestro territorio. Hacer nuestras propias narrativas de nuestro lugar nos permite empezar a comprendernos dentro de él y entenderlo como una expresión viva de nuestras relaciones, valores y formas de conocer el mundo. Esto se tradujo en una actividad del programa donde cada persona escribe una narrativa sobre su día cotidiano, observando su rutina, lo que valora y le da sentido a su día, con quién interactúa y cómo se transporta. Este ejercicio permite que emerja una comprensión de lo cotidiano como espacio político, donde cada acción, trayecto y encuentro, puede perpetuar o transformar los sistemas en los que vivimos.
La propuesta educativa busca trabajar en la primera linea de trabajo, uno mismo. Al poner al centro el reconocimiento de que nuestra cotidianidad tiene una relación simbiótica con los sistemas en los que estamos inmersos, se abre la posibilidad de que al replantear nuestro hábitos y nuestras relaciones, se pueden impactar las siguientes líneas de trabajo. Primero nuestras familias o grupos cercanos, tal vez después a nuestra comunidad y así a los sistemas mismos.
Imagen de Natalia Z
2. Lineas de trabajo por Regenesis Group
Para cambiarnos, la propuesta parte de cuestionar nuestros paradigmas. El habitus son nuestros estilos de vida consecuentes del entorno en el que vivimos. El habitus es la expresión de nuestros paradigmas y nuestros paradigmas son el reflejo de nuestra epistemología. A gran escala, esta experiencia formativa busca impactar sobre la epistemología colectiva a través de los hábitos cotidianos para así replicar habitus sostenidos en el valor por la diversidad.
Regenerar la ciudad puede ser más que intervenir espacios públicos, puede ser cuestionar desde dónde vivimos y cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Regenerar nuestras formas de habitar implica también regenerar cómo nos vinculamos, aprendemos e imaginamos futuro. La regeneración en este caso es ética y simbólica. Esta mirada me permite pensar que otros proyectos futuros, aunque sean diferentes en tema o escala, también pueden integrar estas preguntas regenerativas.
La experiencia educativa en torno a la vivienda cooperativa se relaciona con la regeneración al buscar que quienes habitamos la ciudad deseen regenerarse y así el proyecto podría regenerar lo espacios que habitamos. Aunque más allá de los espacios, el Taller de Vivienda Cooperativa y Rehabilitación Socioambiental busca regenerar la forma en la que pensamos, sentimos y actuamos. La regeneración no solo ocurre afuera, sino también dentro de nosotros.
Escrito por Natalia Zenteno Ortega estudiante de la maestría en Innovación Educativa para la Sostenibilidad.
Biliografía:
Berlanga, Benjamín. (2014) La innovación social como posibilidades de deshacer y rehacer el mundo y a nosotros mismo. Puebla: Cesder.
Mang, P. Haggard, B. (2016). Regenerative Development and Design: A Framework for Evolving Sustainability. John Wiley & Sons.
Maya, A. (1996). El reto de la vida. Ecosistema y cultura, una introducción al estudio del medio ambiente (2ª ed.) augustoangelmaya.com Bogotá 2013.
Sánchez de Madariaga, Isabel. Novella, Inés (2021) Proyectar los espacios de la vida cotidiana. Val
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de los autores y pueden no coincidir con las de la Universidad del Medio Ambiente.